El extranjero enemigo y destructor implacable, se convirtió en la
alternativa del colono para sobrevivir ante el monopolio comercial implantado por España en sus dominios en América.
Los primeros en romper el monopolio español fueron los portugueses, con el contrabando de esclavos. Era de mucha
importancia la demanda que tenía la mano de obra esclava para el desarrollo económico de la Isla. Los portugueses,
comenzaron a introducir esclavos sin las licencias requeridas. Evadiendo así, los impuestos del puerto de Sevilla y
pudiendo ofrecer esta valiosa carga y otras mercancias a precios más baratos. La circulación monetaria en las islas
era escasa,se intercabiaban los cargamento de esclavos por cueros y azúcar. Del mismo modo actuaron las demás
naciones extranjeras.
Puerto Rico ofrecía un amplio y ventajoso campo para la práctica del contrabando.
La población rural encontró en el contrabando el medio para subsistir en su penuria. Ocurrió así, mayormente en las
costas del sur y del suroeste, en las cercanías de Coamo y San Germán, donde no había vigilancia. El contrabandista
llegaba hasta la misma orilla y cambiaba su mercancía, que consistía en esclavos y productos manufacturados, tales como tejídos,
instrumentos de labranzas, armas, artículos del hogar y de lujo, que intercambiaban por los productos trópicales como
el azúcar, cuero, jengibre y tabaco. Los encuentros clandestinos eran de carácter puramente económico. El poblador veía
en el contrabandista un potencial agresor y un enemigo de la fe. Por tal razón, en el poblador la lealtad a España;
permanecía inquebrantable.
Vieques, por ejemplo, fue codiciado por los ingleses y daneses, lo que constituía una amenaza
para Puerto Rico, debido a su proximidad geográfica. Las autoridades españolas intervinieron en repetidas ocasiones para
arrojar de la isla de Viaques a los extranjeros. Situación que se prolongó hasta el siglo xix. El contrabando continuó
floreciendo, y hasta las mismas autoridades, que rechazaban oficialmente las ofertas del extranjero, privadamente participaban de
este lucrativo comercio.
Otra amenaza sobre la Isla, era la posibilidad de ataques por parte de los bucaneros
y filibusteros. Estas comunidades de individuos, marinos abandonados, náufragos , desertores, criminales, sirvientes fugitivos,
de distintas nacionalidades que vivían al margen de la ley y de la sociedad. Se establecían mayormente, en lugares
no poblados de de las Antillas como Jamaica, Haití y las islas de La Mona y Tortuga. Su ocupación era el robo y
el pillaje, tanto en tierra como en el mar. En las rivalidades intercoloniales de la época solían actuar como
mercenerios (soldados que sirven por dinero a un gobierno extranjero) de las naciones en contienda. En Puerto Rico,
merodearon y atacaron las poblaciones costeras y los barcos comerciales que se dirigían a la Isla. Para poner freno a
esta situación, y como medida ofensiva y de represalia, España, en el último cuarto del siglo siglo xvii, accede
a conceder a sus súbditos patentes de corso. Estas se otorgan tanto a peninsulares vizcaínos( natural de Vizcaya, provincia
en el norte de España) como a los puertorriqueños. Los corsarios actuaban a manera de guardacostas, vigilando y atacando cualquier
barco sospechoso que se aproximara a la Isla. En muchas ocasiones se excedieron y llegaron a perseguir y capturar
barcos extranjeros fueras de las aguas territoriales. Entre los corsarios puertorriqueños se destacó la figura de Miguel Henríquez.
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