
Los orígenes de las relaciones entre Puerto Rico Y los Estados Unidos se remontan a las postrimerías del
siglo xvii, cuando aparece en el movido mundo antillano el navegante norteño en busca de lucro inmediato o emocionantes aventuras.
La Isla, situada en la región más expuesta del archipiélago, fronteriza a poblados que vivían de un comercio activo e irrespetuoso
de las leyes mercantilistas, no pudo sustraerse a los continuos contactos con el corsario disfrazado de mercader o el mercader
convertido en pirata.
Este Puerto Rico de litorales expuestos, de asentuada dispersión demográfica, tierra de cueros y jengibres;
donde la escasez era la ley, resultaba lugar propio para el comercio clandestino; sin más complejidad que el trueque directo
en las playas solitarias. De Francia, Holanda, Dinamarca e Inglaterra vinieron traficantes a la Isla. Al habitante de la Isla
se le avivaron también la codicia y el espíritu de aventura, los dos impulsos determinantes del corso y la piratería. Los
nautas vizcaínos fueron sus maestros. Hacia fines del siglo xvii, los marinos de Vizcaya habían logrado obtener patentes (de
corso, lo que lo convierte en corsarios) de la Corona a fin de practicar el corso y proteger así el comercio de América. Fueron
ellos los primeros en adiestrar al criollo en aquellas peligrosas y esforzadas tareas. El comercio británico sufrió pronto
los desmanes de este corso borinqueño. Participaban en esto, los mulatos y negros, a quienes el riesgo marítimo
brindaba magnifica oportunidad para superar las diferencias de castas.
Apostados en las costas de Puerto Rico, vigilaban el paso de las embarcaciones extranjeras con el fin de
caer sobre ellas como perros de presa. Uno de estos mulatos aventureros, Miguel Henríquez; habría de cobrar extraordinaria
fama.
El comercio norteamericano con las Antillas tuvo que vérselas con la inescrupulosidad e intrepidez de los
corsarios isleños. La historia del corso colonial puertorriqueño se enlaza estrechamente con la gran contienda por el comercio
de América, nervio de las rivalidades imperialistas del siglo xviii. Las hazañas de Henríquez y sus compañeros influyeron
en el conflicto que desarrollábase entonces en el campo diplomático. En 1730 y en 1737 se realizaron representaciones inglesas
ante la Corte de Madrid, motivadas por las actividades de los corsarios isleños; a quienes animaba en sus audaces empresas
el gobernador don Matías de Abadía. Hubo años, como el 1734, de intensa violencia y fricción. En el mes de febrero tan sólo,
los corsarios puertorriqueños apresaron seis embarcaciones inglesas, entre ellas algunas que dedicábanse al comercio de Norte
América. Un curioso y pintoresco testimonio queda de aquel Puerto Rico de corsarios y contrabandistas, cuyas correrías marítimas
aportaron en no pequeña, sino en escala relativa; necesario para el rápido ritmo de crecimiento vital que se observa
en la Isla durante la segunda mitad del siglo.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------



Copyright © 2005-2018
Sostenedor del dominio : cecangpr.com
Administrador cecangpr
MMV-P.R.
|